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11/09/14

Los macarrones al ragout

Los cambios a lo largo de la existencia de una persona son a menudo graduales, extendidos en arcos temporales, aferrables sólo a distancia. Pero algunas veces existen momentos tópicos que marcan la transición entre un antes y un después, en un nivel más o menos simbólico o sustancial. A veces como la bolita que rueda hacia abajo por una pendiente, y elige una vertiente en lugar de la otra. Bastaba un empujoncito y uno habría sido atraído hacia un universo agregativo relacional distinto. A veces más como la gota de exasperación y de frustración que hace alcanzar un umbral crítico y colmar el vaso. No siempre basta una imagen en la que sale sólo el agua de más y el barreño permanece intacto, sino más bien es aquella gota de ácido en exceso que transforma una sólida montaña imponente en fango desenfrenado.
Últimamente, diez años después, uno de estos momentos está emergiendo obsesivamente de las nieblas de mi memoria; quizá porque sólo ahora tengo consciencia suficiente de los instrumentos culturales para afrontarlo. Exactamente como ha sidoel ápice de un contexto que ahora definiría represivo por no decir abortivo, que me ha marcado durante un largo período a pesar de una terca oparación de eliminación: durante años me habría limitado a decir que en pocos meses abandoné la enseñanza media, el fútbol y el oratorio y la casi totalidad de las fecuentaciones anejas. Y que los elementos de continuidad en mi vida eran mi madre, mi padre y dos amigos, o habría mencionado un amor platónico. Evidentemente no eran ambientes que percibía estimulantes, que secundaran mis inclinaciones, sino que consiguieron en parte inculcarme la vergüenza de mi sensibilidad (o diría de mi inteligencia si no pareciese presuntuoso), la ambición a la mediocridad, e incluso también miedo de la cultura, que he intentado eliminar durante toda la adolescencia.
Me dispongo a describir este evento por una especie de eliminación de la eliminación, como para compensar todas las veces que pensando en ello he querido hacerlo desaparecer, como una especie de exorcismo a la inversa, como si en el ser una empresa particular tuviera algo de universal, no dejándome influenciar por la remota posibilidad que alguno que era presente en aquel momento lo pueda leer.
La ambientación es un salón en el primer piso de la guardería del oratorio, grandes ventanales que daban a parar al patio donde, en horarios rígidamente establecidos, se podía jugar al fútbol, siempre que el párroco no estuviera resentido por algún ruido fuera de lugar; tantas sillas incómodas y un olor penetrante de pulpa de pera que proviene de las escaleras, una treintena de chicos de 13-14 años, algún monitor y alguna monja. Es un encuentro de preparación a la confirmación con la que habríamos confirmado algunos días después nuestra pertenencia a la fe cristiana católica. Las preguntas eran: ¿si la confirmación fuera un plato?¿y si fuera un color? El juego era ya conocido, sabía que se esperaba de mí, la respuesta no debía desviarse demasiado, y agradar a las monjas era fácil. A veces si quería esforzarme y no sentirme mortificado, intentaba también salir con algo no completamente banal. Aquél día no estaba dispuesto a compromisos, y tras haberescuchado una serie de respuestas disciplinadas y ortodoxas dije algo del tipo: "El color es tranparente porque tiene que ser una elección efectuada con transparencia, conciencia, delante de todos, y el piato es macarrones con ragout, porque la vida está hecha de caminos, representados por los macarrones, y se pasa de camino a camino como si se estuviera dentro del piato, y se pasara dentro de los macarrones, y después de macarrón en macarrón. Están llenos de obstáculos,  que vienen representados por el ragout". No es que ahora reivindicaría esta alegoría comoparticularmente ingeniosa. Pero lo dije seriamente. No solo exteriormente. En el sentido de que la construcción ética y cosmológica que habían intentado enseñarme, me parecía ya inestable, pero todavía no había extrapolado la idea que se pudiera vivir sin (aquella) religión. Simplemente no me creía todo lo que me decían, por lo que en el ámbito del razonamiento que estábamos haciendo me parecía una metáfora sensata compatible con los esquemas de razonamiento impuestos. Todos los demás chicos rompieron a reír, quizá después también un poco yo, contagiado de la euforia colectiva. Las monjas no, en particular una, la "mala" (¿quizá toqué también alguna cuestión abierta que hizo que se diera por aludida?) De lo que balbució recuerdo sólo que yo era un idiota, que hablaba como un disminuido [y sobre todo que transparente no era un color]. Probablemente dijo otras cosas en línea con su orgullo autoritario herido pero no con su supuesta función educativa. Yo salí hecho un mar de lágrimas (pero eso no era extraño visto que lloraba por las notas de la escuela), humillado delante de mis compañeros. En la confesión impuesta a los confirmandos no me salía decir: "no vengo a misa, y no obedezco a mi madre". Fui al párroco que había  venido a posta desde fuera, y le dije: "mi padre ha pasado todo el verano en el hospital, nuestra casa se ha inundado, el gato se ha muerto y encuentro dificultades a la hora de relacionarme con los demás. (Veamos qué me dice)". Nada memorable. Y tras la confirmación, como salvar las formas no cuesta nunca demasiado, no me volvieron a ver.
A veces pienso que habría podido ser un chico de parroquia, en el fondo había buenas personas, mejor que cualquier otro coacervado que haya encontrado en un radio de 2 kms alrededor de mi casa, y tengo buenos amigos auténticamente cristianos e amigos interesantes he encontrado todavía más; pero todo lo que he contado no ha sido solo un detalle que me ha alejado. Mi ingenio intelectual y espiritual no podía estar confinado en el interior de un reino de compatibilidad preconfeccionado. Convivo con las dudas que alimentan una búsqueda continua, con éxitos estructuralmente inestables. El colapso de la montaña era inevitable.

10/06/10

i maccheroni al ragù

I cambiamenti nell'arco dell'esistenza di una persona sono spesso graduali, spalmati su archi temporali, afferrabili solo a distanza. Però esistono talora momenti topici, che segnano il passaggio tra un prima e un dopo, ad un livello più o meno simbolico o sostanziale. A volte come la pallina che rotola giù da un pendio da un versante invece che da un altro, bastava una spintarella e saresti stato attratto ad un universo aggregativo relazionale diverso. A volte più come la goccia di esasperazione e frustrazione che fa raggiungere una soglia critica e traboccare il vaso, a volte non basta un'immagine dove esce solo l'acqua di troppo e la bacinella resta intatta, piuttosto è quella goccia di acido in più che trasforma una solida montagna imponente in poltiglia dilagante.
Ultimamente, dieci anni dopo, uno di questi momenti sta emergendo ossessivamente dalle nebbie della mia memoria; forse perché solo adesso ho una sufficiente coscienza degli strumenti culturali per affrontarlo. Esattamente come è stato l'apice di un contesto che ora definirei repressivo per non dire abortentente, che mi ha segnato a lungo nonostante una caparbia operazione di rimozione: per anni mi sarei limitato a dire che in pochi mesi ho abbandonato scuole medie calcio e oratorio e la quasi totalità delle frequentazioni annesse, che elementi di continuità nella mia vita mamma papà e numero 2 amici, o avrei accennato ad un amore platonico. Evidentemente non erano ambienti che percepivo stimolanti, che assecondavano le mie inclinazioni, ma che invece sono riusciti in parte ad inculcarmi la vergogna della mia sensibilità (e direi della mia intelligenza se non sembrasse presuntuoso), l'ambizione alla mediocrità, forse anche la paura della cultura, che ho passato l'adolescenza a rimuovere.
Mi appresto a descrivere questo evento per una specie di rimozione della rimozione, come a compensare tutte le volte che ripensandoci avrei voluto scomparire, come una specie di esorcismo al contrario, come se nel suo essere una vicenda particolare avesse un qualcosa di universale, non facendomi influenzare dalla remota possibilità che possa leggere qualcuno che allora era presente.
L'ambientazione è un salone al primo piano dell'asilo dell'oratorio, grandi vetrate che si affacciano sul cortile dove in orari rigidamente stabiliti si poteva giocare a palla sempre che il parroco non si fosse risentito per qualche schiamazzo fuori posto, tante sedie scomode e un odore penetrante di polpa di pere che si affaccia dalle scale, una trentina di ragazzi di 13-14 anni, qualche animatore e qualche suora; è un incontro di preparazione alla cresima con cui dopo pochi giorni avremmo confermato la nostra appartenenza alla fede cristiana cattolica. La domanda è: se la cresima fosse un piatto? e se fosse un colore? Il gioco era collaudato, sapevo cosa ci si aspettava, e la risposta non doveva discostarvisi troppo, e gratificare le suore era semplice, a volte se mi andava di sforzarmi e non volevo sentirmi mortificato cercavo anche di uscire con qualcosa di non completamente banale. Quel giorno non ero disposto a compromessi, e dopo aver sentito un insieme di risposte disciplinate e ortodosse dissi qualcosa tipo: il colore è trasparente perché deve essere una scelta effettuata con trasparenza, consapevolezza, di fronte a tutti, e il piatto è maccheroni al ragù perché la vita è fatta di percorsi, rappresentati dai maccheroni, e si passa di percorso in percorso come se fossi dentro al piatto e passassi dentro ai maccheroni e poi di maccherone in maccherone, e sono pieni di ostacoli che sono rappresentati dal ragù. Non che adesso rivendicherei questa allegoria come particolarmente arguta. Però ero serissimo. Non solo esteriormente. Nel senso, la costruzione etica e cosmologica che hanno tentato di insegnarmi già mi sembrava traballante, però non avevo ancora estrapolato esplicitamente l'idea che si possa vivere senza (quella) religione, semplicemente non credevo a tutto quello che mi dicevano, per cui nell'ambito del ragionamento che stavamo facendo mi sarà sembrata una metafora sensata compatibile con gli schemi di ragionamento imposti. Tutti i ragazzi scoppiarono a ridere, forse dopo un po' anch'io, contagiato dall'euforia collettiva. Le suore non proprio, in particolare una, quella "cattiva". (forse ho anche toccato qualche questione aperta che l'ha fatta sentire chiamata in causa?) Di quello che blaterò ricordo solo che ero un idiota, che parlavo come un handicappato [e soprattutto che "trasparente" non era un colore], probabilmente disse altre cose in linea con il suo orgoglio autoritario ferito ma non con la sua supposta funzione educatrice. Io ne uscii in lacrime (ma quello non era strano visto che piangevo per le note a scuola), umiliato di fronte ai miei coetanei; alla confessione imposta ai cresimandi qualche giorno dopo non mi andava proprio di dire non vengo a messa e non obbedisco a mamma, andai dal parroco venuto apposta da fuori, gli dissi mio padre è stato tutta l'estate in ospedale, siamo stati alluvionati, mi è morto il gatto, e faccio fatica a relazionarmi con gli altri, vediamo che mi dice, nulla di memorabile; e dopo la cresima, si perché salvare la forma non costa mai troppo, non mi videro più.
Mi capita di pensare che sarei potuto essere un ragazzo di parrocchia, in fondo c'erano brave persone, meglio di qualunque altro coacervato abbia incontrato entro 2 km da casa, e ho cari amici autenticamente cristiani e di interessanti ne ho incontrati ancora di più; però quanto ho raccontato non è stata solo una spintarellina che mi ha allontanato, il mio ingegno intellettuale e spirituale non poteva essere confinato all'interno di un regno di compatibilità preconfezionato; convivo con i dubbi, che alimentano una ricerca continua, dagli esiti strutturalmente instabili; il crollo della montagna era inevitabile.